La relación entre Henri Lefebvre y los situacionistas es tan conocida como incomprendida. A pesar de que ambos reconocieron influencias mutuas su vínculo pasó a la historia más por los escándalos que rodearon la ruptura que por los productos de su encuentro, del cual quedaron pocos registros. Al repasar la obra de ambos, sin embargo, se puede constatar que la colaboración estuvo lejos de ser funcional o superficial, y que, por el contrario, el que discreparan en tantos frentes está directamente relacionado con el hecho de que compartían un vasto terreno común en sus aproximaciones teóricas.
La siguiente entrevista puede ser relevante por tres razones. En primer lugar, permite adentrarse en la historia de esta polémica relación a través de uno de sus protagonistas, quien se encarga al mismo tiempo de exponer sus propios alcances y limitaciones teóricas. En segundo lugar, trae a colación un “lado b” de los situacionistas —y en particular de Debord— que sus detractores no dejan de utilizar como recurso crítico (moral), y al que sus simpatizantes suelen hacer la vista gorda: la supuesta naturaleza sectaria, vanguardista y elitista que pesa sobre el grupo. Y por último, permite asomarse brevemente, pero a través de una rendija muy bien ubicada, a un momento histórico y a un lugar geográfico en el que las ideas y las prácticas revolucionarias parecian encontrarse en un sustrato lo suficientemente fértil como para propagarse por fuera de las instituciones y las ideologías.
Esta última razón nos parece la más relevante. En un momento histórico como el nuestro, en el que las instituciones y las ideologías parecen haber vuelto con más fuerza que nunca, el adentrarnos críticamente en la vida cotidiana de otros periodos más fértiles para la humanidad puede permitirnos observar y entender nuestra propia situación con un poco más de perspectiva. Sobre todo cuando los protagonistas de esos momentos tuvieron la lucidez y energía suficiente para tomar nota acusiosamente.