
El lobo y el perro (La Fontaine)
Había una vez un Lobo que solo era huesos y piel, tanto que al verlo pasar hasta los Perros se ponían en guardia. Este Lobo se encuentra con un Perro tan poderoso como hermoso, rollizo, lustroso, que sin darse cuenta se había extraviado. Atacarlo, descuartizarlo, es cosa que hubiera hecho de buena gana el Señor Lobo, pero habría tenido que emprender una batalla y el Mastín estaba en forma para defenderse con valentía.
El Lobo entonces se le acerca humildemente, entabla conversación con él, y le felicita por sus buenas carnes, que admira. «Depende de usted, mi señor, estar tan gordo como yo», dijo el Perro. «Abandone los bosques, hará bien: sus semejantes allí son miserables, zopencos, despreciables y pobres diablos cuya condición es morir de hambre. ¿Para qué? ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a punta de espada! Sígame: tendrá un destino mucho mejor». «¿Y qué tendré que hacer», contestó el lobo. «Casi nada», dijo el perro, «cazar a la gente que lleva bastón y a los mendigos; halagar a los de la casa y complacer a su amo. A cambio de lo cual le subirán el sueldo en todos los sentidos: huesos de gallina, huesos de paloma, por no hablar de muchas caricias». El Lobo, que tal oye, se imagina un porvenir de gloria que lo hace llorar de gozo.
Ya en camino advirtió que el Perro tenía una peladura en el cuello.
—«¿Qué es eso?», preguntó.
—«Nada», respondió el Perro.
—«¡Cómo nada!»
—«Una tontería»
—«¿Y qué más?»
—«Será la señal del collar con el que a veces estoy atado»
—«¡Atado!», exclamó el Lobo: «¿no corres a donde quieres?
—«No siempre, ¿pero qué importa?»
—«Importa tanto que no me interesan tus comidas. Y ni siquiera querría un tesoro a ese precio».
Dicho esto, el Lobo se echó a correr. Aún está corriendo.